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Índice del Artículo
El río sagrado de Joao Aguiar
1er Capítulo


Aquí teneis el primer capítulo de este interesante libro:

El guardián de la ciudad

 

 

 

"Vino un año en el que, durante cuarenta días seguidos, Tarróbriga fue castigada por los demonios del invierno. Desde el mar soplaba un viento extraño, preñado de bruma espesa y helada. Cuando el viento amainaba, la lluvia empezaba a caer, recta, pesada y tan copiosa que en la llanura que se extendía desde el monte de la ciudad hasta la costa los incontables riachuelos que la cruzaban se hincharon, se desbordaron, mezclaron sus aguas y transformaron aquella extensión de tierra en un inmenso charco donde se enterraban los pies de los hombres y las patas de los animales, de modo que era difícil o imposible acercarse a la orilla. Incluso el camino que conducía a Lanutai, encaramada en el monte de enfrente, hacia el norte, incluso ese camino se volvió peligroso porque la campiña estaba anegada y los bosques casi intransitables, y además era sabido que los espíritus hostiles desencadenados por el mal tiempo no dejarían de atacar a quien osara entrar en ellos. Para mantener el contacto entre las dos comunidades hermanas hubo que recurrir a las señales de humo, aunque solo en la medida en que lo permitía el agua que caía del cielo. En cuanto a Bocuntí, ciudad rival pero aliada, era como si hubiese dejado de existir: permanecía invisible, tragada por la niebla.

Las gentes de Tarróbriga no recordaban haber vivido un tiempo tan inclemente. La lluvia acabó colándose en las cubiertas de retama y tojo que protegían los tejados, empapó las vigas y empezó a colarse dentro de las casas, donde ya flotaba un olor a madera mojada que empieza a cubrirse de musgo y a pudrirse. Se pudrían también los cultivos, se agotaba el forraje para alimentar al ganado, hasta las gallinas agonizaban. Y se hacía difícil mantener las chimeneas encendidas, porque ya no se encontraba leña seca.

No hacía falta ser adivino para comprender que una divinidad irritada descargaba su cólera sobre aquella tierra. La cuestión vital que exigía, esa sí, la intercesión de un adivino consistía en averiguar la divinidad y lo que había que hacer para aplacarla. Por tanto, al vigésimo día, Caturo convocó el consejo de los ancianos.

Tenía no solo el derecho sino también el deber de hacerlo, porque tres años atrás había sido elegido como gobernante. Los forasteros ignorantes le llamaban coronero, pero él no usaba ese título. Tarróbriga, a diferencia de Bocuntí, no tenía un poder dinástico.

Así pues, Caturo reunió a los ancianos. Por razones obvias, solo pudieron comparecer los de la ciudad; no se presentaron los enviados de Lanutai, Nabi ni Argibai, las otras poblaciones ligadas a Tarróbriga. Y Caturo dijo a los ancianos:

—Ningún dios, ningún sueño me ha hablado, las hierbas sagradas no abrieron mis ojos ni mis oídos, tres veces y otras tantas eché los huesos divinatorios, pero no hubo respuesta a mis preguntas.

Una de las razones que habían llevado Tarróbriga a elegirlo como jefe —además de su alto linaje y sus hazañas en la caza y la guerra— había sido su probada competencia en materia de augurios, aptitud que no basta aprender sino que es también un don divino. Aquella vez, sin embargo, los dioses habían guardado silencio. Y, añadió Caturo, el viejo Tiomace allí presente, venerable que presidía las iniciaciones en los baños sagrados, tampoco había podido obtener una respuesta de los poderes celestiales.

Tiomace confirmó estas palabras del jefe. Entonces Caturo propuso que, una vez escuchadas las mujeres, el consejo decretase preces colectivas y una hecatombe, ofrecida a todos los dioses. La ciudad inmolaría cien animales de cada especie: caballos, bueyes, ovejas, cabras y gallos, y cuando regresara el buen tiempo los demás poblados la compensarían dándole la parte que les correspondía en el sacrificio.

Las mujeres escucharon las razones de los maridos, hijos o padres y las dieron por buenas. Echaron cuentas a las cabezas de ganado, establecieron el número que cada familia debía ofrecer y se ocuparon en separar las víctimas de los demás animales. Ejecutaron estas tareas prontamente, sin entusiasmo, que el tiempo no era de alegría, pero con gran determinación. Sabían, mejor que sus hombres, cuál era la situación económica de la ciudad y lo que ocurriría si las cosas no cambiaban deprisa.

Curiosamente, la única entre ellas que no mostró gran empeño en los preparativos fue Pelia, la mujer de Caturo. No se opuso a la idea del marido, aprobada por el consejo, pero le advirtió:

—Hágase el sacrificio, pues tal es la voluntad de todos. Pero esto no es la venganza ni la señal de la cólera de un dios. Sin duda el mal que nos aflige es la manifestación de una divinidad, pero no un castigo, sino una señal, un aviso, un secreto que debemos comprender. De nada servirá inmolar cien o cien veces cien animales de cada especie. Esto que te digo lo siento dentro de mí.

Lo que ella sentía dentro de sí, reflexionó el marido en silencio, era algo muy distinto. Pelia estaba embarazada por segunda vez y el día del parto se acercaba. De hecho, tanto las mujeres con más experiencia en la materia como el anciano Tiomace habían anunciado que podía ocurrir en cualquier momento. Caturo recordó que, antes del nacimiento de su primer hijo, Turaino —que ahora tenía cuatro años—, Pelia también se ha
bía conducido de un modo distinto, había tenido extraños deseos y presentimientos, había leído presagios donde no los había. Por tanto, pidió a su propia madre (que por entonces aún vivía) que se encargara de la división del ganado y dejó a Pelia entregada a los cuidados del embarazo. Tenía buenos motivos para hacerlo. Tiomace, cuya sabiduría era grande, le había advertido de que, en una mujer que va a parir, la cólera, la tristeza o incluso una simple contrariedad pueden perjudicar al niño. La pareja solo tenía un hijo, sano y rebosante de vigor, pero la infancia siempre es un tiempo de fragilidad, un tiempo de peligros.

Además, la situación era demasiado grave para que él pudiese o quisiese perder el tiempo en discusiones domésticas. Urgía conocer la fecha más propicia para el sacrificio. Por fortuna, los huesos divinatorios lanzados por Caturo —siguiendo un ritual que observó escrupulosamente— no se negaron esta vez a darle una respuesta, señal favorable que significaba una primera sanción divina a la decisión del consejo y que brindó cierto aliento a la desmoralizada población.

En la víspera de la ceremonia, se purificaron las víctimas, se prepararon las mesas y en ellas se dispusieron los objetos litúrgicos: vasijas de madera y barro para recoger la sangre, hachetas rituales de piedra para descargar el primer golpe a los animales, espetos y puñales de bronce para completar los sacrificios, porque el hierro no se podía usar en las ofrendas a los dioses. Concluido este trabajo, se inició la vigilia.

Nadie durmió aquella noche, excepto los niños y los ancianos que no resistieron al cansancio. En las residencias, cada familia se reunió en la casa reservada a las comidas y recepciones, pero no para comer, puesto que aquella era una noche de preces y ayuno. Todos se sentaron en el banco corrido que se apoyaba en la pared circular, observando el orden ancestral: el jefe de familia (o su viuda) en el lugar de honor, delante de la chimenea central y del pilar de madera que soportaba el techo; a su derecha, los hijos mayores y casados con sus mujeres, y luego los demás familiares en orden decreciente de importancia hasta los siervos y esclavos, si los hubiera. Y empezaron las preces y cánticos sagrados.

Uno a uno, se invocaron y alabaron todos los dioses conocidos: en primer lugar Bandúa, patrón de la ciudad, en su epifanía de Bandúa Tarrobrigense, el victorioso, fuerte en el ardor guerrero, aquel que ata mágicamente los miembros del enemigo, señor de muchas huestes que acoge a los combatientes muertos. Y Coso, el ardiente, su hermano de armas. Y la diosa de las aguas, Nabia, señora de la media luna, que habita los ríos y conduce las almas al más allá, así como Reva, que comparte con esta el dominio de los cursos de agua dulce. Y muchos otros dioses y diosas: los que habitan las rocas y las fuentes, los señores de los metales, los protectores del ganado y las cosechas.

Toda la noche duró aquella vigilia grave y ansiosa. Al rayar el alba, las casas y calles apenas se veían, envueltas en la niebla, pero la lluvia había cesado. El sacrificio fue ejecutado por Caturo y —otro buen presagio— el fuego prendió en la leña de las hogueras y consumió rápidamente las porciones de carne reservadas a los dioses. Por eso, cuando el pueblo se reunió para comer las viandas que habían sobrado en un acto ritual que debía unirlo con la divinidad, se oyeron risas y cantos, especialmente animados a partir del momento en que empezó a correr la cerveza.

Pelia tomó parte en el banquete al lado de su marido, para no ofender a los dioses y porque así debía ser. Se sirvió un trozo magro de cerdo y bebió dos tragos de cerveza. Se sentía incapaz de llevarse nada más a la boca, pero no porque estuviera mareada; esa fase del embarazo quedaba lejos ya. Lo que le impedía comer era un sentimiento de excitación, una exaltación silenciosa mezclada con una angustia que no habría sabido describir ni explicar.

Seguía convencida de que la calamidad que sufría Tarróbriga no venía causada por ninguna ofensa a las divinidades, sino que era una manifestación, un anuncio de que algo estaba a punto de ocurrir, algo de importancia fundamental para todo el pueblo.

La lluvia no regresó, lo que, a los ojos de todos, demostró que la medida propuesta por Caturo había sido acertada. Pero la idea de Pelia persistió en su espíritu.

La lluvia no regresó, es cierto, pero el tiempo se mantuvo nublado, ventoso y frío durante quince o veinte días más. Y fue durante ese período cuando nació Turio, el segundo hijo de Pelia y Caturo.

Al ver al niño, al tomarlo en brazos para reconocer con ese gesto su paternidad, Caturo tenía el ceño fruncido. Era un varón, sí, pero tan pequeño y de aspecto tan frágil y enjuto como fuerte era su hermano. Hasta en el modo de llorar había una diferencia enorme: al nacer, Turaino había atronado el aire anunciando su llegada al mundo, pero aquel trocito de persona no emitió más que un débil llanto, como si en su cuerpo no hubiera fuerza para más. De hecho, se calló poco después.

Lo entregó a la madre, diciéndole con una sonrisa, para amortiguar las palabras, pues la quería y no deseaba hacerle daño:

—Ahora descansa y aliméntate bien, pues debemos tener otro.

Se abstuvo de añadir: no creo que este sobreviva. Ella no dejaría de adivinar ese pensamiento, era inútil atormentarla más.

Sin embargo, Pelia no se sentía atormentada. Cansada a causa del esfuerzo y los dolores, se había entregado a un semiletargo, una especie de vértigo lento en el que veía luces bailando a su alrededor y oía voces desconocidas. En ese estado siguió hasta que su hijo empezó a llorar de nuevo. Entonces se despertó, lo estrechó contra su pecho, se lo ofreció y Turio empezó a mamar sin prisa, sin placer, como si lo hiciera por obligación, solo para mantenerse con vida.

Al fin llegaron los días en los que el sol brilló sobre Tarróbriga y toda la región. Vestimentas, mantas de lana, leña, enseres domésticos, todo se puso a secar. Poco a poco, los ríos volvieron a sus cauces. En la llanura que daba al mar los arroyos recobraron su volumen normal, los caminos se hicieron transitables. El ganado pudo salir a pastar en los terrenos húmedos, algunos de ellos todavía empapados.

Ahora se trataba de reparar los daños y, sobre todo, de intentar en la medida de lo posible rehacer las reservas de provisiones. Las mujeres partieron hacia los campos para ver si podían salvar al menos parte de las cosechas mientras los pescadores se dedicaron a reparar los barcos de cuero con los que salían al mar o los hilos que usaban para la pesca con anzuelo. Otros fueron en busca de marisco, sobre todo lapas, erizos de mar y mejillones, los más fáciles de coger.

Pero, más importante aún, se formaron dos grupos que se prepararon para emprender viaje: uno de ellos llevaría consigo cierta cantidad de sal y productos hechos en Tarróbriga, así como armas e instrumentos de hierro y delicados adornos de oro, que intentaría cambiar por trigo, harina de bellota, verduras y otros alimentos en regiones menos afectadas por el mal tiempo y con las que la ciudad mantenía relaciones comerciales; el segundo grupo, liderado por Caturo, se hallaba constituido por los mejores cazadores y guerreros y tenía por misión obtener ganado con el que sustituir al que se había ofrecido a los dioses. Para ello, debería atacar y saquear pueblos hostiles. El objetivo principal sería Etóbriga, que el año anterior había robado a la ciudad el producto de todo un día de pesca. A la vuelta, cazaría conejos, jabalíes y otros animales salvajes.

Puesto que aquella era, por encima de todo, una expedición militar, los hombres se prepararon con especial cuidado: se purificaron en los baños de vapor, se cortaron la barba y el pelo y se ungieron con el óleo consagrado por Tiomace, tras lo cual ofrecieron a Bandúa un cordero sin mácula, al que rogaron el éxito de la empresa, y una pareja de tórtolas a Nabia, para que les permitiese vadear sin peligro los ríos que encontrarían a su paso.

Los habitantes de Tarróbriga asistieron a la partida de los guerreros entonando cánticos propiciatorios. En cuanto a los de Lanutai, con los que por fin habían podido hablar, al ver que los tarrobrigenses bajaban hacia la planicie guarnecieron las atalayas dispuestas en lo alto de su monte, pues en caso de ataque les competía la vigilancia y defensa de la ciudad.

El día después de que Caturo partiera a la cabeza de la expedición, Pelia salió de casa no bien el alba había despuntado en el cielo. Llevaba consigo al niño recién nacido, envuelto en paños de lana, y se encaminó a las murallas. Se disponía a poner en práctica una idea que no había dejado de rondarla desde que su marido le había dicho, al entregarle a Turio: «Debemos tener otro», queriendo decir no que necesitaban una prole más numerosa, sino que el niño no sobreviviría. Pero Pelia no solo seguía convencida de haber interpretado mejor que los demás los cuarenta días de mal tiempo sino que, mientras tanto, había adquirido una nueva convicción, la de la excepcional importancia de su segundo hijo.

El nacimiento de Turio había sido el acontecimiento anunciado por los días de temporal incesante. Tenía que serlo, porque durante aquel período negro no había ocurrido nada más digno de perdurar en la memoria. Turio era hijo de la tormenta, la señal de los portentos futuros que ella había intuido. Para bien o para mal, aquel niño al que su padre despreciaba a causa de su debilidad, de la flaca promesa de vida y salud que le daba, había sido puesto en el mundo por una divinidad con un propósito todavía oculto. De su supervivencia dependería, quizá, el cumplimiento de los designios divinos.

En todo esto pensaba ella al acercarse a la cintura de murallas que protegía Tarróbriga transportando al pequeño Turio en sus brazos. Debía llegar a la puerta principal antes de que saliera el sol, así que apretó el paso, por eso y porque no quería responder a las preguntas de quienes se cruzaban en su camino. Al fin avistó la gran puerta de la ciudad, que justo entonces se acababa de abrir.

A escasa distancia, sobre un peñasco, vuelta hacia el exterior, se erguía la estatua del Guardián.

Turón, el Fundador, el padre común. El guerrero ancestral de los tarrobrigenses y también el antepasado directo de Caturo. Protegido por su escudo redondo, con la mano derecha posada sobre el mango del puñal honorífico, cogido al cinturón, contemplaba sereno e impasible los campos de alrededor. Era el encargado de custodiar no solo la puerta noble, sino también la propia ciudad. Las demás puertas que se abrían en la muralla tenían su propio guardián, pero aquel era el más ilustre, el más fuerte y venerado.

El sol apareció, nítido en un cielo limpio de brumas, envolviendo con su luz dorada al viejo guerrero de granito. En ese mo-mento, Pelia ya se encontraba a un paso de su sombra porque conocía de antemano el lugar donde se proyectaría a esa hora. Se arrodilló despacio y posó en el suelo el pequeño fardo de lana. Con movimientos parsimoniosos, apartó la tela para exponer a su hijo a la sombra de Turón. Oyó entonces el mismo llanto débil que el niño había ofrecido a sus padres el día de su nacimiento.

—Este es Turio, segundo hijo de Caturo, tu descendiente
—dijo Pelia en voz baja, la mirada fija en el Guardián—. Siempre será débil porque una divinidad así lo hizo. No será un guerrero famoso, como tú. Pero si no puedes hacerlo fuerte, protégelo y hazlo resistente, para que crezca y cumpla el destino secreto que la divinidad le ha asignado.

Tras pronunciar estas palabras, Pelia guardó silencio y contempló al niño, que había cesado de llorar. Ahora ya no se exponía al riesgo de que le hicieran preguntas indiscretas; los hombres y mujeres que salían de la ciudad entendían lo que estaba haciendo y, al pasar, se limitaban a alzar la mano derecha en un gesto que también invocaba la protección del ancestro.

Puede que no albergues en tu cuerpo la semilla de la fuerza, pensaba la madre, pero no hay duda de que eres hijo de Caturo, de la estirpe de Turón. Tienes sus ojos negros, su boca, eres su vivo retrato, así como tu hermano, que nació antes que tú, es el mío.

Se quedó allí mucho tiempo, mientras su hijo se dormía
a la sombra del guerrero. Cuando el sol, en su curso, hizo rodar la sombra y la luz bañó el rostro de Turio, despertándolo, Pelia lo cogió en brazos y regresó al hogar.

Al entrar en el patio, encontró a su suegra, Abia, ocupada
hilando lino al tiempo que vigilaba al mayor de sus nietos, lo que era de por sí una tarea agotadora. A sus cuatro años, Turaino no paraba ni callaba un solo momento.

Abia la miró con gesto interrogante y Pelia asintió en silencio. Se entendían bien; la visita de Pelia a la puerta de la ciudad había sido algo pactado entre ambas.

—Has hecho todo lo que has podido —murmuró la anciana—. Ahora, todo depende de la divinidad, sea cual sea.

Pero Pelia aún no había dado sus trabajos por concluidos. No tenía bastante con poner a su hijo más joven bajo la protección del Guardián de Tarróbriga; quería también encomendarlo al abuelo paterno, ya fallecido. Y quería algo más: algo tangible debía quedar de aquel hijo suyo si, pese a todo, un dios celoso se lo llevaba antes de tiempo.

La sepultura del padre de Caturo se hallaba en la casa que usaban para dormir. Allí reposaban sus cenizas, en una urna de cerámica enterrada en el suelo, junto a la pared. Ese lugar, señalado con un círculo de piedras, albergaba asimismo las cenizas de otros familiares y recibiría las de Abia cuando llegase el momento. Fue, pues, sobre el círculo de piedras donde Pelia hizo la presentación, repitiendo las palabras que había pronunciado a la sombra de Turón.

Había realizado ya los preparativos —por lo demás, muy sencillos— para la última parte de su plan: la víspera, al anochecer, había ido a pedir un poco de barro al alfarero con la excusa de querer moldear un juguete para Turaino. Había guardado el barro junto al pozo, tapado con un trozo de lino mojado para que no se secara. Salió entonces a buscarlo y lo llevó a la casa ceremonial.

Había elegido el lugar de antemano: bajo el banco corrido de madera que descansaba contra la pared, el pavimento de arcilla y arena presentaba algunas grietas. Retiró aquella sección del banco y aplicó el barro sobre esa zona, usando la boca de una vasija como molde para darle forma circular. Después limpió los restos de barro que habían quedado en la parte externa del círculo y alisó cuidadosamente la placa. Había dejado a Turio acostado en el suelo, a dos pasos; lo cogió y, abriéndole la manita derecha, la apoyó sobre el barro fresco.

No sabría decir con exactitud cómo se le había ocurrido semejante idea. Ninguna voz, ninguna señal le había indicado lo que debía hacer. Tan solo pensaba, confusamente, que aquella marca quedaría allí, impresa en el barro, y que de un modo u otro, viviese o muriese Turio, la voluntad del dios desconocido habría de cumplirse.

Veintiún días más tarde, Caturo y sus guerreros regresaron. Algunos venían heridos y uno de ellos deliraba, minado por la fiebre. Habían sufrido dos bajas en combate; los compañeros traían las cenizas de los muertos para que los sepultaran en sus casas.

P
ero la campaña había concluido con éxito. Habían capturado caballos y cabras en gran cantidad, los despojos eran ricos en armas, cascos, torques y virias de bronce y plata. Transportaban asimismo cinco jabalíes y tres corzos, cazados en los últimos días del viaje de regreso.

Los hombres se lavaron —por primera vez desde la partida— en los baños de vapor y agua fría, mientras el viejo Tiomace atendía a los heridos. Luego, ya purificados, ofrecieron a Bandúa de Tarróbriga uno de los caballos capturados.

Aquel mismo año, al empezar el verano, la ciudad recibió la visita de los guerreros de Bandúa.

Había un pacto de hospitalidad entre estos y los tarrobrigenses. La firma de ese pacto había surgido de modo natural: compartían dios patrono y, más importante aún, varios hombres de aquella hermandad eran naturales de Tarróbriga, aunque habían abandonado su tierra para jurar fidelidad a Arcio, seducidos por la fama de ese jefe y dispuestos a seguirlo en sus hazañas. En la hueste había también guerreros de Bocuntí, entre ellos un tío de Pelia, ya que esta era hija del coronero de dicha ciudad y su matrimonio con Caturo había sido un acto de alianza destinado a poner fin, en la medida de lo posible, a la rivalidad que en el pasado había enfrentado a las dos potencias.

Así pues, la hermandad fue recibida con honores y se hizo el habitual intercambio de regalos. Arcio, que venía cargado de despojos tras una campaña victoriosa contra los fiduéneas, ofreció a Caturo una hermosa torques de oro, y a cambio recibió del jefe una espada forjada por el mejor herrero de Tarróbriga.

Tras la ceremonia de recepción se celebró un banquete durante el cual los visitantes confiaron a los anfitriones sus proyectos: iban camino del Durius y tenían intención de atravesar el río porque se habían cruzado con gente de Cale que traía
noticias del sur, llevadas por un barco que allí había tomado puerto para vender vino italiano y las famosas cerámicas de Cartago. Según habían contado los mercaderes, los lusitanos tenían ahora como jefe a un guerrero formidable, Púnico, que se había aliado con los jefes vetones para atacar a los romanos y los pueblos dependientes o aliados de Roma. El objetivo principal, según se decía, eran los bastulofenicios, y las primeras informaciones daban cuenta de grandes victorias. Arcio tenía intención de unirse a Púnico y tomar parte en los combates y saqueos.

Estas palabras llenaron de sueños la mente de los tarrobrigenses más jóvenes. Para ellos, Roma no era más que una vaga noción pero les seducía la idea de un viaje tan largo, tierras desconocidas, grandes proezas en combate que honraran su nombre, tanto más cuanto que aún no se habían estrenado en el uso de las armas, ya que Caturo no los había autorizado a partir con él en la última expedición porque, pese al apoyo de Lanutai, la ciudad no podía quedar desguarnecida. Por eso les entusiasmaron tanto los relatos de los huéspedes. Ese entusiasmo se contagió incluso a los niños, y hubo una carcajada general en la casa ceremonial de Caturo, donde comían Arcio y sus notables, cuando el pequeño Turaino declaró, muy serio, que también quería partir. Su madre le ordenó silencio, pero el padre no ocultó su orgullo, como habría hecho cualquier otro en su lugar ante un espíritu guerrero tan precoz.

Sin embargo, fue más digno de reseña lo que pasó después, algo a lo que Caturo no asistió y que su mujer solo le contaría más tarde.

El banquete se prolongó noche adentro. En un momento dado, Pelia abandonó a los comensales para dirigirse a la casa contigua, donde Turio dormía sobre un lecho de paja. La chimenea estaba encendida porque las noches todavía eran frescas. A la luz de las llamas, observó a su hijo. Por lo menos, reflexionó, sería un chico bastante alto, a juzgar por lo que había crecido en los últimos tiempos. Le asaltó entonces un pensamiento, tan súbito que más tarde habría de compararlo con el primer relámpago de una tormenta que no se espera: puede que no llegues a ser admirado, mi pequeño Turio, pero serás respetado por todos, y eso para mí es suficiente". [...]



 
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