Principal arrow Libros arrow El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte
El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte PDF Imprimir E-Mail
El Capitán Alatriste
Autor: Arturo Pérez Reverte

El estreno de Alatriste supone el debut cinematográfico de una colección cuya trascendencia literaria ha superado todas las fronteras. "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"... Con estas palabras empieza El capitán Alatriste, la historia de un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII. Sus aventuras peligrosas y apasionantes nos sumergen sin aliento en las intrigas de la Corte de una España corrupta y en decadencia, las emboscadas en callejones oscuros entre el brillo de dos aceros, las tabernas donde Francisco de Quevedo compone sonetos entre pendencias y botellas de vino, o los corrales de comedias donde las representaciones de Lope de Vega terminan a cuchilladas. Todo ello de la mano de personajes entrañables o fascinantes: el joven Íñigo Balboa, el implacable inquisidor fray Emilio Bocanegra, el peligroso asesino Gualterio Malatesta, o el diabólico secretario del rey, Luis de Alquézar. Acción, historia y aventura se dan cita en estas páginas inolvidables.



Primer capítulo

La taberna del turco

No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un
hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había
luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes.
Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro
maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de
espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los
arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido
cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas
de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es
fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas
era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en
una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste
se desempeñaba con holgura. Tenía mucha destreza a la hora
de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda,
esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los
reñidores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de
vizcaína, solía decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando
estocadas con fina esgrima, y de pronto le venía por abajo, a
las tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba
tiempo ni a pedir confesión. Sí. Ya he dicho a vuestras mercedes
que eran años duros.
El capitán Alatriste, por lo tanto, vivía de su espada. Hasta donde
yo alcanzo, lo de capitán era más un apodo que un grado efectivo.
El mote venía de antiguo: cuando, desempeñándose de soldado
en las guerras del rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve
compañeros y un capitán de verdad cierto río helado, imagínense,
viva España y todo eso, con la espada entre los dientes y
en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un
destacamento holandés. Que era el enemigo de entonces porque
pretendían proclamarse independientes, y si te he visto no me
acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre tanto los fastidiamos
bien. Volviendo al capitán, la idea era sostenerse allí, en la
orilla de un río, o un dique, o lo que diablos fuera, hasta que al
alba las tropas del rey nuestro señor lanzasen un ataque para reunirse
con ellos. Total, que los herejes fueron debidamente acuchillados
sin darles tiempo a decir esta boca es mía. Estaban durmiendo
como marmotas, y en ésas salieron del agua los nuestros
con ganas de calentarse y se quitaron el frío enviando herejes al infierno,
o a donde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que
luego vino el alba, y se adentró la mañana, y el otro ataque español
no se produjo. Cosas, contaron después, de celos entre maestres de
campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron
allí abandonados a su suerte, entre reniegos, por vidas de y votos
a tal, rodeados de holandeses dispuestos a vengar el degüello de sus
camaradas. Más perdidos que la Armada Invencible del buen rey
don Felipe el Segundo. Fue un día largo y muy duro. Y para que se
hagan idea vuestras mercedes, sólo dos españoles consiguieron regresar
a la otra orilla cuando llegó la noche. Diego Alatriste era
uno de ellos, y como durante toda la jornada había mandado la
tropa –al capitán de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera
escaramuza, con dos palmos de acero saliéndole por la espalda–,
se le quedó el mote, aunque no llegara a disfrutar ese empleo. Capitán
por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al
carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalda
y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra y la vorágine.
Cosas de España.
En fin. Mi padre fue el otro soldado español que regresó aquella
noche. Se llamaba Lope Balboa, era guipuzcoano y también era un
hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y él fueron muy buenos
amigos, casi como hermanos; y debe de ser cierto porque después,
cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte
de Jülich –por eso Diego Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en
el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste,
que sí está allí, tras el caballo–, le juró ocuparse de mí cuando fuera
mozo. Ésa es la razón de que, a punto de cumplir los trece años, mi
madre metiera una camisa, unos calzones, un rosario y un mendrugo
de pan en un hatillo, y me mandara a vivir con el capitán, aprovechando
el viaje de un primo suyo que venía a Madrid. Así fue
como entré a servir, entre criado y paje, al amigo de mi padre.
Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien,
la autora de mis días me hubiera enviado tan alegremente a su ser4
vicio. Pero supongo que el título de capitán, aunque fuera apócrifo,
le daba un barniz honorable al personaje. Además, mi pobre madre
no andaba bien de salud y tenía otras dos hijas que alimentar.
De ese modo se quitaba una boca de encima y me daba la oportunidad
de buscar fortuna en la Corte. Así que me facturó con su
primo sin preocuparse de indagar más detalles, acompañado de
una extensa carta, escrita por el cura de nuestro pueblo, en la que
recordaba a Diego Alatriste sus compromisos y su amistad con el
difunto. Recuerdo que cuando entré a su servicio había transcurrido
poco tiempo desde su regreso de Flandes, porque una herida
fea que tenía en un costado, recibida en Fleurus, aún estaba fresca
y le causaba fuertes dolores; y yo, recién llegado, tímido y asustadizo
como un ratón, lo escuchaba por las noches, desde mi jergón,
pasear arriba y abajo por su cuarto, incapaz de conciliar el sueño.
Y a veces le oía canturrear en voz baja coplillas entrecortadas por
los accesos de dolor, versos de Lope, una maldición o un comentario
para sí mismo en voz alta, entre resignado y casi divertido por
la situación. Eso era muy propio del capitán: encarar cada uno de
sus males y desgracias como una especie de broma inevitable a la
que un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo
de vez en cuando. Quizá ésa era la causa de su peculiar
sentido del humor áspero, inmutable y desesperado.
Ha pasado muchísimo tiempo y me embrollo un poco con las
fechas. Pero la historia que voy a contarles debió de ocurrir hacia el
año mil seiscientos y veintitantos, poco más o menos. Es la aventura
de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar
en la Corte, y en la que el capitán no sólo estuvo a punto de
dejar la piel remendada que había conseguido salvar de Flandes, del
turco y de los corsarios berberiscos, sino que le costó hacerse un par
de enemigos que ya lo acosarían durante el resto de su vida. Me refiero
al secretario del rey nuestro señor, Luis de Alquézar, y a su siniestro
sicario italiano, aquel espadachín callado y peligroso que se
llamó Gualterio Malatesta, tan acostumbrado a matar por la espalda
que cuando por azar lo hacía de frente se sumía en profundas depresiones,
imaginando que perdía facultades. También fue el año
en que yo me enamoré como un becerro y para siempre de Angélica
de Alquézar, perversa y malvada como sólo puede serlo el Mal encarnado
en una niña rubia de once o doce años. Pero cada cosa la
contaremos a su tiempo.
Me llamo Íñigo. Y mi nombre fue lo primero que pronunció el
capitán Alatriste la mañana en que lo soltaron de la vieja cárcel de
Corte, donde había pasado tres semanas a expensas del rey por impago
de deudas. Lo de las expensas es un modo de hablar, pues
tanto en ésa como en las otras prisiones de la época, los únicos lujos
–y en lujos incluíase la comida– eran los que cada cual podía pagarse
de su bolsa. Por fortuna, aunque al capitán lo habían puesto en
galeras casi ayuno de dineros, contaba con no pocos amigos. Así
que entre unos y otros lo fueron socorriendo durante su encierro,
más llevadero merced a los potajes que Caridad la Lebrijana, la
dueña de la taberna del Turco, le enviaba conmigo de vez en cuando,
y a algunos reales de a cuatro que le hacían llegar sus compadres
don Francisco de Quevedo, Juan Vicuña y algún otro. En cuanto al
resto, y me refiero a los percances propios de la prisión, el capitán
sabía guardarse como nadie. Notoria era en aquel tiempo la afición
carcelaria a aligerar de bienes, ropas y hasta de calzado a los mismos
compañeros de infortunio. Pero Diego Alatriste era lo bastante conocido
en Madrid; y quien no lo conocía no tardaba en averiguar
que era más saludable andársele con mucho tiento. Según supe después,
lo primero que hizo al ingresar en el estaribel fue irse derecho
al más peligroso jaque entre los reclusos y, tras saludarlo con mucha
política, ponerle en el gaznate una cuchilla corta de matarife, que
había podido conservar merced a la entrega de unos maravedís al
carcelero. Eso fue mano de santo. Tras aquella inequívoca declaración
de principios nadie se atrevió a molestar al capitán, que en adelante
pudo dormir tranquilo envuelto en su capa en un rincón más
o menos limpio del establecimiento, protegido por su fama de hombre
de hígados. Después, el generoso reparto de los potajes de la Lebrijana
y las botellas de vino compradas al alcaide con el socorro de
los amigos aseguraron sólidas lealtades en el recinto, incluida la del
rufián del primer día, un cordobés que tenía por mal nombre Bartolo
Cagafuego, quien a pesar de andar en jácaras como habitual de
llamarse a iglesia y frecuentar galeras, no resultó nada rencoroso.
Era ésa una de las virtudes de Diego Alatriste: podía hacer amigos
hasta en el infierno.
Parece mentira. No recuerdo bien el año –era el veintidós o el
veintitrés del siglo–, pero de lo que estoy seguro es de que el capitán
salió de la cárcel una de esas mañanas azules y luminosas de
Madrid, con un frío que cortaba el aliento. Desde aquel día que
–ambos todavía lo ignorábamos– tanto iba a cambiar nuestras vidas,
ha pasado mucho tiempo y mucha agua bajo los puentes del Manzanares;
pero todavía me parece ver a Diego Alatriste flaco y sin
afeitar, parado en el umbral con el portón de madera negra clave7
teada cerrándose a su espalda. Recuerdo perfectamente su parpadeo
ante la claridad cegadora de la calle, con aquel espeso bigote
que le ocultaba el labio superior, su delgada silueta envuelta en la
capa, y el sombrero de ala ancha bajo cuya sombra entornaba los
ojos claros, deslumbrados, que parecieron sonreír al divisarme sentado
en un poyete de la plaza. Había algo singular en la mirada del
capitán: por una parte era muy clara y muy fría, glauca como el
agua de los charcos en las mañanas de invierno. Por otra, podía
quebrarse de pronto en una sonrisa cálida y acogedora, como un
golpe de calor fundiendo una placa de hielo, mientras el rostro
permanecía serio, inexpresivo o grave. Poseía, aparte de ésa, otra
sonrisa más inquietante que reservaba para los momentos de peligro
o de tristeza: una mueca bajo el mostacho que torcía éste ligeramente
hacia la comisura izquierda y siempre resultaba amenazadora
como una estocada –que solía venir acto seguido–, o fúnebre
como un presagio cuando acudía al hilo de varias botellas de vino,
de esas que el capitán solía despachar a solas en sus días de silencio.
Azumbre y medio sin respirar, y aquel gesto para secarse el
mostacho con el dorso de la mano, la mirada perdida en la pared
de enfrente. Botellas para matar a los fantasmas, solía decir él,
aunque nunca lograba matarlos del todo.
La sonrisa que me dirigió aquella mañana, al encontrarme esperándolo,
pertenecía a la primera clase: la que le iluminaba los ojos
desmintiendo la imperturbable gravedad del rostro y la aspereza que
a menudo se esforzaba en dar a sus palabras, aunque estuviese lejos de
sentirla en realidad. Miró a un lado y otro de la calle, pareció satisfecho
al no encontrar acechando a ningún nuevo acreedor, vino hasta
mí, se quitó la capa a pesar del frío y me la arrojó, hecha un gurruño.
–Íñigo –dijo–. Hiérvela. Está llena de chinches.
La capa apestaba, como él mismo. También su ropa tenía bichos
como para merendarse la oreja de un toro; pero todo eso quedó
resuelto menos de una hora más tarde, en la casa de baños de Mendo
el Toscano, un barbero que había sido soldado en Nápoles cuando
mozo, tenía en mucho aprecio a Diego Alatriste y le fiaba. Al acudir
con una muda y el otro único traje que el capitán conservaba
en el armario carcomido que nos servía de guardarropa, lo encontré
de pie en una tina de madera llena de agua sucia, secándose. El
Toscano le había rapado bien la barba, y el pelo castaño, corto, húmedo
y peinado hacia atrás, partido en dos por una raya en el centro,
dejaba al descubierto una frente amplia, tostada por el sol del
patio de la prisión, con una pequeña cicatriz que bajaba sobre la
ceja izquierda. Mientras terminaba de secarse y se ponía el calzón
y la camisa observé las otras cicatrices que ya conocía. Una en forma
de media luna, entre el ombligo y la tetilla derecha. Otra larga, en
un muslo, como un zigzag. Ambas eran de arma blanca, espada o
daga; a diferencia de una cuarta en la espalda, que tenía la inconfundible
forma de estrella que deja un balazo. La quinta era la más
reciente, aún no curada del todo, la misma que le impedía dormir
bien por las noches: un tajo violáceo de casi un palmo en el costado
izquierdo, recuerdo de la batalla de Fleurus, viejo de más de un
año, que a veces se abría un poco y supuraba; aunque ese día, cuando
su propietario salió de la tina, no tenía mal aspecto.
Lo asistí mientras se vestía despacio, con descuido, el jubón gris
oscuro y los calzones del mismo color, que eran de los llamados
valones, cerrados en las rodillas sobre los borceguíes que disimulaban
los zurcidos de las medias. Se ciñó después el cinto de cuero
que yo había engrasado cuidadosamente durante su ausencia, e introdujo
en él la espada de grandes gavilanes cuya hoja y cazoleta
mostraban las huellas, mellas y arañazos de otros días y otros aceros.
Era una espada buena, larga, amenazadora y toledana, que entraba
y salía de la vaina con un siseo metálico interminable, que
ponía la piel de gallina. Después contempló un instante su aspecto
en un maltrecho espejo de medio cuerpo que había en el cuarto,
y esbozó la sonrisa fatigada:
–Voto a Dios –dijo entre dientes– que tengo sed.
Sin más comentarios me precedió escaleras abajo, y luego por la
calle de Toledo hasta la taberna del Turco. Como iba sin capa caminaba
por el lado del sol, con la cabeza alta y su raída pluma roja en
la toquilla del sombrero, cuya ancha ala rozaba con la mano para saludar
a algún conocido, o se quitaba al cruzarse con damas de cierta
calidad. Lo seguí, distraído, mirando a los golfillos que jugaban en
la calle, a las vendedoras de legumbres de los soportales y a los ociosos
que tomaban el sol conversando en corros junto a la iglesia de
los jesuitas. Aunque nunca fui en exceso inocente, y los meses que
llevaba en el vecindario habían tenido la virtud de espabilarme, yo
era todavía un cachorro joven y curioso que descubría el mundo
con ojos llenos de asombro, procurando no perderme detalle. En
cuanto al carruaje, oí los cascos de las dos mulas del tiro y el sonido
de las ruedas que se acercaban a nuestra espalda. Al principio apenas
presté atención; el paso de coches y carrozas resultaba habitual,
pues la calle era vía de tránsito corriente para dirigirse a la Plaza
Mayor y al Alcázar Real. Pero al levantar un momento la vista cuando
el carruaje llegó a nuestra altura, encontré una portezuela sin escudo
y, en la ventanilla, el rostro de una niña, unos cabellos rubios
peinados en tirabuzones, y la mirada más azul, limpia y turbadora
que he contemplado en toda mi vida. Aquellos ojos se cruzaron con
los míos un instante y luego, llevados por el movimiento del coche,
se alejaron calle arriba. Y yo me estremecí, sin conocer todavía muy
bien por qué. Pero mi estremecimiento hubiera sido aún mayor de
haber sabido que acababa de mirarme el Diablo.
–No queda sino batirnos –dijo don Francisco de Quevedo.
La mesa estaba llena de botellas vacías, y cada vez que a don
Francisco se le iba la mano con el vino de San Martín de Valdeiglesias
–lo que ocurría con frecuencia–, se empeñaba en tirar de
espada y batirse con Cristo. Era un poeta cojitranco y valentón,
putañero, corto de vista, caballero de Santiago, tan rápido de ingenio
y lengua como de espada, famoso en la Corte por sus buenos
versos y su mala leche. Eso le costaba, por temporadas, andar de
destierro en destierro y de prisión en prisión; porque si bien es
cierto que el buen rey Felipe Cuarto, nuestro señor, y su valido el
conde de Olivares apreciaban como todo Madrid sus certeros versos,
lo que ya no les gustaba tanto era protagonizarlos. Así que de
vez en cuando, tras la aparición de algún soneto o quintilla anónimos
donde todo el mundo reconocía la mano del poeta, los alguaciles
y corchetes del corregidor se dejaban caer por la taberna, o
por su domicilio, o por los mentideros que frecuentaba, para invitarlo
respetuosamente a acompañarlos, dejándolo fuera de la circulación
por unos días o unos meses. Como era testarudo, orgulloso,
y no escarmentaba nunca, estas peripecias eran frecuentes y
le agriaban el carácter. Resultaba, sin embargo, excelente compa11
ñero de mesa y buen amigo para sus amigos, entre los que se contaba
el capitán Alatriste. Ambos frecuentaban la taberna del Turco,
donde montaban tertulia en torno a una de las mejores mesas, que
Caridad la Lebrijana –que había sido puta y todavía lo era con el
capitán de vez en cuando, aunque de balde– solía reservarles. Con
don Francisco y el capitán, aquella mañana completaban la concurrencia
algunos habituales: el Licenciado Calzas, Juan Vicuña,
el Dómine Pérez y el Tuerto Fadrique, boticario de Puerta Cerrada.
–No queda sino batirnos –insistió el poeta.
Estaba, como dije, visiblemente iluminado por medio azumbre
de Valdeiglesias. Se había puesto en pie, derribando un taburete, y
con la mano en el pomo de la espada lanzaba rayos con la mirada a
los ocupantes de una mesa vecina, un par de forasteros cuyas largas
herreruzas y capas estaban colgadas en la pared, y que acababan
de felicitar al poeta por unos versos que en realidad pertenecían
a Luis de Góngora, su más odiado adversario en la república
de las Letras, a quien acusaba de todo: de sodomita, perro y judío.
Había sido un error de buena fe, o al menos eso parecía; pero don
Francisco no estaba dispuesto a pasarlo por alto:
Yo te untaré mis versos con tocino
porque no me los muerdas, Gongorilla...
Empezó a improvisar allí mismo, incierto el equilibrio, sin soltar
la empuñadura de la espada, mientras los forasteros intentaban
disculparse, y el capitán y los otros contertulios sujetaban a don
Francisco para impedirle que desenvainara la blanca y fuese a por
los dos fulanos.
–Es una afrenta, pardiez –decía el poeta, intentando desasir la
diestra que le sujetaban los amigos, mientras se ajustaba con la mano
libre los anteojos torcidos en la nariz–. Un palmo de acero pondrá
las cosas en su, hip, sitio.
–Mucho acero es para derrocharlo tan de mañana, don Francisco
–mediaba Diego Alatriste, con buen criterio.
–Poco me parece a mí –sin quitar ojo a los otros, el poeta se enderezaba
el mostacho con expresión feroz–. Así que seamos generosos:
un palmo para cada uno de estos hijosdalgo, que son hijos
de algo, sin duda; pero con dudas, hidalgos.
Aquello eran palabras mayores, así que los forasteros hacían ademán
de requerir sus espadas y salir afuera; y el capitán y los otros
amigos, impotentes para evitar la querella, les pedían comprensión
para el estado alcohólico del poeta y que desembarazaran el campo,
que no había gloria en batirse con un hombre ebrio, ni desdoro en
retirarse con prudencia por evitar males mayores.
–Bella gerant alii –sugería el Dómine Pérez, intentando contemporizar.
El Dómine Pérez era un padre jesuita que se desempeñaba en
la vecina iglesia de San Pedro y San Pablo. Su natural bondadoso
y sus latines solían obrar un efecto sedante, pues los pronunciaba
en tono de inapelable buen juicio. Pero aquellos dos forasteros
no sabían latín, y el retruécano sobre los hijosdalgo era difícil de
tragar como si nada. Además, la mediación del clérigo se veía minada
por las guasas zumbonas del Licenciado Calzas: un leguleyo
listo, cínico y tramposo, asiduo de los tribunales, especialista en
defender causas que sabía convertir en pleitos interminables hasta
que sangraba al cliente de su último maravedí. Al licenciado
le encantaba la bulla, y siempre andaba picando a todo hijo de
vecino.
–No os disminuyáis, don Francisco –decía por lo bajini–. Que
os abonen las costas.
De modo que la concurrencia se disponía a presenciar un suceso
de los que al día siguiente aparecían publicados en las hojas de
Avisos y Noticias. Y el capitán Alatriste, a pesar de sus esfuerzos por
tranquilizar al amigo, empezaba a aceptar como inevitable el verse
a cuchilladas en la calle con los forasteros, por no dejar solo a don
Francisco en el lance.
–Aio te vincere posse –concluyó el Dómine Pérez resignándose,
mientras el Licenciado Calzas disimulaba la risa con la nariz dentro
de una jarra de vino. Y tras un profundo suspiro, el capitán
empezó a levantarse de la mesa. Don Francisco, que ya tenía cuatro
dedos de espada fuera de la vaina, le echó una amistosa mirada
de gratitud, y aún tuvo asaduras para dedicarle un par de
versos:
Tú, en cuyas venas laten Alatristes
a quienes ennoblece tu cuchilla...
–No me jodáis, don Francisco –respondió el capitán, malhumorado–.
Riñamos con quien sea menester, pero no me jodáis.
–Así hablan los, hip, hombres –dijo el poeta, disfrutando visiblemente
con la que acababa de liar. El resto de los contertulios lo
jaleaba unánime, desistiendo como el Dómine Pérez de los esfuerzos
conciliadores, y en el fondo encantados de antemano con el espectáculo;
pues si don Francisco de Quevedo, incluso mamado,
resultaba un esgrimidor terrible, la intervención de Diego Alatriste
como pareja de baile no dejaba resquicio de duda sobre el resultado.
Se cruzaban apuestas sobre el número de estocadas que iban
a repartirse a escote los forasteros, ignorantes de con quiénes se jugaban
los maravedís.
Total, que bebió el capitán un trago de vino, ya en pie, miró a
los forasteros como disculpándose por lo lejos que había ido todo
aquello, e hizo gesto con la cabeza de salir afuera, para no enredarle
la taberna a Caridad la Lebrijana, que andaba preocupada por el
mobiliario.
–Cuando gusten vuestras mercedes.
Se ciñeron las herreruzas los otros y encamináronse todos hacia
la calle, entre gran expectación, procurando no darse las espaldas
por si acaso; que Jesucristo bien dijo hermanos, pero no primos.
En eso estaban, todavía con los aceros en las vainas, cuando en la
puerta, para desencanto de la concurrencia y alivio de Diego Alatriste,
apareció la inconfundible silueta del teniente de alguaciles
Martín Saldaña.
–Se fastidió la fiesta –dijo don Francisco de Quevedo.
Y, encogiendo los hombros, ajustóse los anteojos, miró al soslayo,
fuese de nuevo a su mesa, descorchó otra botella, y no hubo
nada.
–Tengo un asunto para ti.
El teniente de alguaciles Martín Saldaña era duro y tostado como
un ladrillo. Vestía sobre el jubón un coleto de ante, acolchado
por dentro, que era muy práctico para amortiguar cuchilladas;
y entre espada, daga, puñal y pistolas llevaba encima más hierro
que Vizcaya. Había sido soldado en las guerras de Flandes, como
Diego Alatriste y mi difunto padre, y en buena camaradería con
ellos había pasado luengos años de penas y zozobras, aunque a la
postre con mejor fortuna: mientras mi progenitor criaba malvas
en tierra de herejes y el capitán se ganaba la vida como espadachín
a sueldo, un cuñado mayordomo en Palacio y una mujer madura
pero aún hermosa ayudaron a Saldaña a medrar en Madrid tras su
licencia de Flandes, cuando la tregua del difunto rey don Felipe
Tercero con los holandeses. Lo de la mujer lo consigno sin pruebas
–yo era demasiado joven para conocer detalles–, pero corrían rumores
de que cierto corregidor usaba de libertades con la antedicha,
y eso había propiciado el nombramiento del marido como teniente
de alguaciles, cargo que equivalía a jefe de las rondas que
vigilaban los barrios –entonces aún llamados cuarteles– de Madrid.
En cualquier caso, nadie se atrevió jamás a hacer ante Martín
Saldaña la menor insinuación al respecto. Cornudo o no, lo que
no podía ponerse en duda es que era bravo y con malas pulgas.
Había sido buen soldado, tenía el pellejo remendado de muchas
heridas y sabía hacerse respetar con los puños o con una toledana
en la mano. Era, en fin, todo lo honrado que podía esperarse en un
jefe de alguaciles de la época. También apreciaba a Diego Alatriste,
y procuraba favorecerlo siempre que podía. Era la suya una
amistad vieja, profesional; ruda como corresponde a hombres de
su talante, pero realista y sincera.
–Un asunto –repitió el capitán. Habían salido a la calle y estaban
al sol, apoyados en la pared, cada uno con su jarra en la mano,
viendo pasar gente y carruajes por la calle de Toledo. Saldaña lo
miró unos instantes, acariciándose la barba que llevaba espesa, salpicada
con canas de soldado viejo, para taparse un tajo que tenía
desde la boca hasta la oreja derecha.
–Has salido de la cárcel hace unas horas y estás sin un ardite en
la bolsa –dijo–. Antes de dos días habrás aceptado cualquier trabajo
de medio pelo, como escoltar a algún lindo pisaverde para que
el hermano de su amada no lo mate en una esquina, o asumirás el
encargo de acuchillarle a alguien las orejas por cuenta de un acreedor.
O te pondrás a rondar las mancebías y los garitos, para ver
qué puedes sacar de los forasteros y de los curas que acuden a jugarse
el cepillo de San Eufrasio... De aquí a poco te meterás en un
lío: una mala estocada, una riña, una denuncia. Y vuelta a empezar
–bebió un corto sorbo de la jarra, entornados los ojos, sin apartarlos
del capitán–. ¿Crees que eso es vida?
Diego Alatriste encogió los hombros.
–¿Se te ocurre algo mejor?
Miraba a su antiguo camarada de Flandes con fijeza franca. No
todos tenemos la suerte de ser teniente de alguaciles, decía su gesto.
Saldaña se escarbó los dientes con la uña y movió la cabeza dos
veces, de arriba abajo. Ambos sabían que, de no ser por las cosas del
azar y de la vida, él podía encontrarse perfectamente en la misma
situación que el capitán. Madrid estaba lleno de viejos soldados
que malvivían en calles y plazas, con el cinto lleno de cañones de
hoja de lata: aquellos canutos donde guardaban sus arrugadas recomendaciones,
memoriales e inútiles hojas de servicio, que a nadie
importaban un bledo. En busca del golpe de suerte que no llegaba
jamás.
–Para eso he venido, Diego. Hay alguien que te necesita.
–¿A mí, o a mi espada?
Torcía el bigote con la mueca que solía hacerle las veces de sonrisa.
Saldaña se echó a reír muy fuerte.
–Ésa es una pregunta idiota –dijo–. Hay mujeres que interesan
por sus encantos, curas por sus absoluciones, viejos por su dinero...
En cuanto a los hombres como tú o como yo, sólo interesan por su
espada –hizo una pausa para mirar a uno y otro lado, bebió un
nuevo trago de vino y bajó un poco la voz–. Se trata de gente de
calidad. Un golpe seguro, sin riesgos salvo los habituales... A cambio
hay una buena bolsa.
El capitán observó a su amigo, interesado. En aquellos momentos,
la palabra bolsa habría bastado para arrancarle del más profundo
sueño o la más atroz borrachera.
–¿Cómo de buena?
–Unos sesenta escudos. En doblones de a cuatro.
–No está mal –las pupilas se empequeñecieron en los ojos claros
de Diego Alatriste–. ¿Hay que matar?
Saldaña hizo un gesto evasivo, mirando furtivamente hacia la
puerta de la taberna.
–Es posible, pero yo ignoro los detalles... Y quiero seguir ignorándolos,
a ver si me entiendes. Todo lo que sé es que se trata de
una emboscada. Algo discreto, de noche, en plan embozados y demás.
Hola y adiós.
–¿Solo, o en compañía?
–En compañía, imagino. Se trata de despachar a un par. O tal
vez sólo de darles un buen susto. Quizá persignarlos con un chirlo
en la cara o algo así... Vete a saber.
–¿Quiénes son los gorriones?
Ahora Saldaña movía la cabeza, como si hubiera dicho más de
lo que deseaba decir.
–Cada cosa a su tiempo. Además, yo me limito a oficiar de mensajero.
El capitán apuraba la jarra, pensativo. En aquella época, quince
doblones de a cuatro, en oro, eran más de setecientos reales: suficiente
para salir de apuros, comprar ropa blanca, un traje, liquidar
deudas, ordenarse un poco la vida. Adecentar los dos cuartuchos
alquilados donde vivíamos él y yo, en el piso de arriba del corral
abierto en la trasera de la taberna, con puerta a la calle del Arcabuz.
Comer caliente sin depender de los muslos generosos de Caridad
la Lebrijana.
–También –añadió Saldaña, que parecía seguirle el hilo de los
pensamientos– te pondrá en contacto este trabajo con gente importante.
Gente buena para tu futuro.
–Mi futuro –repitió absorto el capitán, como un eco.


 
< Anterior   Siguiente >